La arquitectura de la república (3)

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POR VICTOR GARRIDO PERALTA

Una decisión puede cambiar un documento sin cambiar una realidad. Una ley puede aprobarse, un decreto firmarse, un presupuesto modificarse y una reforma anunciarse ante las cámaras. Nada de ello garantiza que la vida de los ciudadanos haya cambiado. Entre decidir y transformar existe una distancia que suele desaparecer de los discursos y reaparecer, años después, en los resultados.

En medicina ocurre algo parecido. Un diagnóstico correcto es indispensable, pero no cura por sí mismo. Después comienza otra fase: elegir una intervención, aplicarla, observar la respuesta y determinar si el paciente realmente mejora. El tratamiento no termina cuando se prescribe. Comienza cuando entra en contacto con la realidad. Las Repúblicas enfrentan exactamente ese desafío.

En los capítulos anteriores aprendimos a observar la fisiología de una República, comprender su anatomía institucional, reconocer sus patologías, identificar sus síntomas y distinguirlos de las enfermedades que los producen. Después aprendimos que incluso un diagnóstico correcto no responde automáticamente una pregunta esencial: ¿qué debemos hacer? Ahora aparece la siguiente: ¿qué ocurre cuando esa decisión entra en la realidad?

Ahí comienza una de las grandes dificultades del gobierno. Una política pública no se ejecuta en un laboratorio. Encuentra instituciones, funcionarios, incentivos, procedimientos, restricciones presupuestarias, intereses legítimos y ciudadanos que responden de maneras que no siempre pueden anticiparse. Por eso una decisión puede ser correcta en el papel y fracasar al encontrarse con la capacidad real del Estado.

Pero implementar no es simplemente ejecutar. La implementación convierte una política en procedimientos, responsabilidades, recursos y mecanismos de coordinación. La ejecución lleva esos elementos a la práctica. Y aquí aparece una distinción que las democracias suelen ignorar: hacer algo no significa necesariamente conseguir algo.

Un ministerio puede gastar el presupuesto asignado y no resolver el problema que justificó ese gasto. Una institución puede completar miles de trámites y producir escasos resultados. Un programa puede alcanzar a cientos de miles de personas sin modificar aquello que pretendía cambiar. La actividad demuestra que algo ocurrió. No demuestra que la política funcionó.

Por eso una República necesita distinguir entre productos y resultados. Una carretera construida es un producto; reducir el tiempo de transporte es un resultado. Un hospital inaugurado es una obra; mejorar la salud de la población es el resultado que importa. Miles de estudiantes matriculados representan actividad; que aprendan es el resultado relevante. Confundir ambos niveles permite declarar éxito mientras el ciudadano continúa experimentando el mismo problema.

Existe, además, una posibilidad más incómoda: una buena política puede fracasar. No necesariamente porque el diagnóstico fuera incorrecto. Puede fallar por una capacidad institucional insuficiente, por incentivos inesperados, por un diseño inadecuado o porque cambiaron las condiciones sobre las cuales se construyó la intervención. Por eso el fracaso de una política no demuestra automáticamente que el diagnóstico haya sido equivocado.

Primero hay que diagnosticar el fracaso

Ésta debería convertirse en una regla elemental del gobierno responsable. Cuando una intervención no produce el resultado esperado, hay que localizar la falla antes de prescribir la corrección. ¿Falló el diagnóstico, el diseño, la implementación, la ejecución o la capacidad institucional? ¿Cambió el contexto? ¿Era incorrecta la hipótesis que vinculaba la intervención con el resultado? No todas las fallas tienen la misma causa ni requieren la misma respuesta.

La pregunta deja entonces de ser solamente ¿funcionó? y pasa a ser ¿por qué funcionó o por qué no? Una evaluación que registra resultados produce información. Una evaluación que explica por qué ocurrieron produce conocimiento. Y cuando ese conocimiento modifica las decisiones posteriores, comienza a formarse algo mucho más valioso que la capacidad de ejecutar: capacidad institucional acumulativa.

Pero para acumular conocimiento primero hay que conservarlo. Los Estados pueden olvidar lo que aprenden. Cada gobierno llega con nuevas prioridades, reorganiza organismos, sustituye funcionarios y vuelve a estudiar problemas que otros ya habían estudiado. Los informes desaparecen en archivos, las experiencias exitosas no se institucionalizan y los errores reaparecen con nuevos nombres.

Por eso la capacidad institucional no consiste solamente en tener funcionarios competentes o disponer de presupuesto. También exige información, coordinación, continuidad administrativa, evaluación y mecanismos para corregir errores sin destruir lo que funciona. Una política puede ser razonable sobre el papel y fracasar porque las instituciones encargadas de ejecutarla carecen de los medios para sostenerla.

Toda intervención pública debería incorporar desde su nacimiento la posibilidad de ser observada, evaluada y corregida. Hay que establecer qué esperamos que ocurra, cómo sabremos si ocurrió y qué evidencia nos llevará a modificar nuestra hipótesis. La evaluación no puede ser simplemente el informe que llega después de la política. Debe formar parte de su diseño.

La secuencia completa contiene una transformación profunda en la manera de gobernar: observar, interpretar, diagnosticar, decidir, diseñar, implementar, ejecutar, observar resultados, evaluar, diagnosticar la falla, aprender, conservar el conocimiento y adaptar. No es una línea recta. Es un ciclo. La decisión entra en la realidad. La realidad responde. Una República madura aprende a escuchar esa respuesta.

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