La basura que no vemos: el verdadero costo de desperdiciar valor

Por Mayrelin García

Durante años, cuando hablamos de residuos sólidos, reciclaje o economía circular, solemos reducir la conversación a un tema ambiental. Pensamos en contaminación, vertederos, plásticos o cambio climático. Pero el más reciente informe The Circularity Gap Report 2026 plantea algo mucho más profundo: el verdadero problema no es sólo la basura que generamos, sino el valor económico que estamos perdiendo como sociedad.

El estudio estima que la economía mundial pierde cada año alrededor de 25.4 trillones de euros debido al uso lineal e ineficiente de los recursos, una cifra equivalente a casi el 31% del PIB global. En otras palabras: por cada tres euros que la economía produce, uno se pierde por desperdicio, deterioro prematuro, ineficiencia energética o mala gestión de materiales.

La conclusión es contundente: el problema no es únicamente ambiental; es económico, estructural y cultural.

El informe identifica cinco grandes fuentes de pérdida de valor: desperdicio de energía, pérdida de alimentos, residuos al final de la vida útil de productos, pérdidas en procesos industriales y deterioro prematuro de infraestructuras y activos. Y aquí es donde República Dominicana debe prestar especial atención.

Nuestro país sigue operando, en gran medida, bajo una lógica lineal: producir, consumir y desechar. Lo vemos en vertederos a cielo abierto, en la poca valorización de residuos, en la obsolescencia acelerada de equipos, en pérdidas de alimentos, en infraestructura pública deteriorada antes de tiempo y en sistemas urbanos que todavía no incorporan plenamente la lógica de la circularidad.

Sin embargo, también es justo reconocer que República Dominicana viene dando pasos importantes. La Ley 225-20 sobre Gestión Integral y Coprocesamiento de Residuos Sólidos y su modificación en la Ley 98-25, la creación del Fideicomiso DO Sostenible, el impulso del Plan Nacional de Gestión Integral de Residuos Sólidos (PLANGIR) y los esfuerzos de articulación entre gobierno central, municipalidades y sector privado representan avances significativos hacia un nuevo modelo de gestión.

El desafío ahora es acelerar esa transición y convertir la economía circular en una política transversal de desarrollo.

El problema es que seguimos viendo los residuos como basura y no como recursos. Y debemos aunar cada vez más esfuerzos por cambiar esa cultura, iniciando desde el origen: nuestras casas y familias, nuestros lugares de trabajo, las escuelas, las industrias y las empresas en general.

Cada incendio en un vertedero municipal no solo representa un daño ambiental o de salud pública; también evidencia una pérdida económica. Cada tonelada de plástico, cartón, vidrio u orgánico que termina enterrada es valor desaprovechado. Cada equipo que se desecha sin reparar, cada alimento que se pierde en la cadena de suministro y cada infraestructura abandonada antes de agotar su vida útil forman parte de ese “vacío de valor” que el informe describe.

La economía circular plantea precisamente lo contrario: maximizar el valor de los materiales el mayor tiempo posible, reducir la generación de residuos y rediseñar los sistemas para que sean más eficientes y resilientes. Pero el informe advierte algo importante: reciclar no basta. La circularidad requiere transformar la manera en que producimos, consumimos, financiamos y gestionamos los recursos.

Eso implica decisiones de política pública, financiamiento e innovación.

Para República Dominicana, esta discusión tiene implicaciones directas. Aunque existen avances normativos y estratégicos, la realidad municipal todavía enfrenta enormes limitaciones operativas y financieras. Muchos ayuntamientos apenas logran cubrir la recolección diaria de residuos y mucho menos desarrollar infraestructura de valorización, reciclaje o transferencia.

Ahí está uno de los puntos más relevantes del informe: la circularidad no puede recaer únicamente en los municipios. Requiere articulación entre gobiernos, sector privado, sistema financiero, academia y ciudadanía.

También requiere fortalecer la educación ambiental y la conciencia ciudadana. Ningún modelo de gestión será sostenible si la población continúa viendo el manejo de residuos como una responsabilidad exclusiva de las autoridades. La separación en origen, el consumo responsable y la reducción del desperdicio deben convertirse en hábitos colectivos.

El documento insiste en que los incentivos económicos son fundamentales. Los países más avanzados están impulsando créditos verdes, incentivos fiscales, impuestos diferenciados y mecanismos financieros que premian la reparación, el reciclaje y la reutilización. Mientras tanto, en muchos países en desarrollo todavía resulta más barato contaminar que transformar.

Y esa es quizás la reflexión más incómoda para nosotros: todavía no hemos internalizado el verdadero costo de desperdiciar.

El humo de un vertedero tiene un costo sanitario. La contaminación de los ríos tiene un costo económico. La pérdida de materiales reutilizables tiene un costo productivo. El deterioro acelerado de la infraestructura pública tiene un costo fiscal. Sin embargo, gran parte de esos costos siguen invisibles dentro del modelo económico tradicional.

El informe también advierte que la productividad global de los recursos se ha estancado. Es decir, consumimos más materiales, pero no necesariamente generamos más valor. Esa realidad es especialmente relevante para economías pequeñas y vulnerables como la dominicana, donde la dependencia de importaciones, combustibles y materias primas hace aún más urgente construir sistemas más eficientes y sostenibles.

Pero también existe una gran oportunidad. La transición hacia la economía circular puede convertirse en una fuente de empleo verde, innovación, emprendimiento y desarrollo local. El reciclaje, la valorización energética, el compostaje, la reparación de equipos y las industrias vinculadas a la sostenibilidad representan nuevos mercados con potencial de crecimiento para el país.

La conversación sobre residuos sólidos ya no puede limitarse a limpieza urbana o recogida de basura. Estamos hablando de competitividad, resiliencia económica, salud pública y sostenibilidad territorial.

Y quizás ahí está el mayor desafío: entender que la economía circular no es una moda ambientalista, sino una necesidad estratégica para el futuro del país.

Porque al final, el verdadero desperdicio no es solo lo que tiramos.

Es el valor que dejamos perder todos los días sin siquiera darnos cuenta.

La articulista es experta en Planificación, Estrategia y Políticas Públicas. Actualmente Subsecretaria General de la LMD y Directora de Planificación del PRM.