Lo que Colombia acaba de recordarle a América Latina 

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Las elecciones colombianas acaban de dejar una lección poderosa para toda América Latina: en política, quien se duerme sobre las encuestas puede despertar fuera de la segunda vuelta.

Durante meses, muchos observadores daban por sentado que Colombia caminaba hacia una competencia relativamente predecible. Iván Cepeda representaba la continuidad progresista del petrismo. Paloma Valencia aparecía como una figura fuerte del uribismo. El candidato emergente Abelardo de la Espriella crecía con fuerza, pero para muchos seguía siendo visto como un fenómeno político difícil de medir con los instrumentos tradicionales.

Al final, la realidad electoral hizo lo que suele hacer cuando la política se mueve más rápido que los analistas: rompió el libreto.

Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda pasaron a segunda vuelta. Paloma Valencia, que para muchos podía ser una de las principales cartas de la oposición, quedó fuera de la competencia definitiva y posteriormente anunció su apoyo a Abelardo. Esa sola imagen resume una enseñanza fundamental: los liderazgos tradicionales ya no garantizan automáticamente el respaldo de los votantes.

¿Qué pasó?

Pasó que Colombia votó en un ambiente de polarización, cansancio, incertidumbre y deseo de cambio. En ese escenario, los discursos ambiguos suelen perder fuerza. Abelardo entendió que una parte importante del electorado quería un mensaje frontal, emocional y claramente diferenciado. Su campaña logró construir una narrativa definida alrededor de temas como seguridad, autoridad, crecimiento económico y oposición al gobierno.

Cepeda, por su parte, logró consolidar la base progresista, mantener la cohesión de quienes respaldan el proyecto político iniciado por Gustavo Petro y presentarse como una figura consistente dentro de ese espacio ideológico.

La gran pregunta ahora no es solamente quién ganará la segunda vuelta. La gran pregunta es qué lecciones deja Colombia para el resto de América Latina.

Primera enseñanza: Las encuestas ya no son una sentencia definitiva 

Durante décadas las encuestas fueron consideradas una especie de fotografía casi inamovible del futuro electoral. Hoy siguen siendo importantes, pero ya no tienen la capacidad de predecir con absoluta precisión lo que ocurrirá meses después.

Las campañas modernas se desarrollan en un entorno extremadamente dinámico. Una crisis, un debate, una estrategia digital efectiva o un cambio en el estado de ánimo colectivo pueden modificar tendencias en muy poco tiempo.

Por eso ningún candidato debería sentirse ganador porque una encuesta lo coloca arriba, ni derrotado porque una encuesta lo ubica abajo.

Segunda enseñanza: La emoción está derrotando a las estructuras tradicionales

La política latinoamericana está viviendo una transformación profunda.

Los votantes ya no toman decisiones únicamente por lealtad partidaria.

Cada vez más personas votan por quien logra conectar emocionalmente con sus preocupaciones, frustraciones y aspiraciones.

Abelardo de la Espriella entendió esa realidad y construyó una candidatura que generó emociones intensas, tanto entre quienes lo apoyan como entre quienes lo adversan.

La indiferencia suele ser más peligrosa que el rechazo.

Y en política moderna, quien logra movilizar emociones tiene una ventaja competitiva importante.

Tercera enseñanza: La tecnología está cambiando las reglas del juego

Hoy una campaña no depende únicamente de mítines, caravanas y publicidad tradicional.

Depende de videos cortos.

Depende de redes sociales.

Depende de WhatsApp.

Depende de contenido viral.

Depende de la capacidad de producir mensajes que circulen diariamente entre millones de personas.

Muchas veces la conversación digital está influyendo más que la propaganda tradicional.

Los equipos políticos que todavía no entiendan esta realidad corren el riesgo de quedarse atrapados en una forma de hacer política que pierde efectividad cada año.

Cuarta enseñanza: Los partidos siguen siendo muy  importantes.

Durante muchos años bastaba con tener una estructura partidaria fuerte.

Hoy eso ayuda, pero ya no garantiza el éxito.

Los ciudadanos quieren líderes que representen algo. Que despierten esperanza.

Quieren figuras que transmitan autenticidad.

Quieren historias que inspiren.

Quieren personas con las cuales puedan identificarse.

Las estructuras movilizan.

Pero la conexión emocional es la que termina convirtiendo simpatizantes en votantes.

Quinta enseñanza: Nunca se debe subestimar a un candidato emergente

La historia reciente de América Latina está llena de ejemplos.

Uno de los más conocidos ocurrió en Guatemala con Bernardo Arévalo.

Durante buena parte del proceso electoral aparecía muy abajo en las encuestas, incluso en posiciones que para muchos parecían imposibles de remontar.

Algunas encuestas lo llegaron a colocar en un octavo lugar y la mayoría de los estudios  no lo tomaban en serio o no lo mencionaban.

Sin embargo, logró conectar con una parte importante de la ciudadanía, sorprendió al sistema político y terminó convirtiéndose en presidente.

Ese caso y el escenario colombiano recuerdan que los procesos electorales son organismos vivos.

Se transforman. Evolucionan. Cambian. Y muchas veces terminan produciendo resultados que pocos anticipaban.

Sexta enseñanza: El mayor error político es creer que la elección ya está decidida

Quizás la principal lección que deja Colombia es precisamente esa.

Las elecciones modernas se están definiendo cada vez más cerca de la fecha de votación.

Los ciudadanos esperan más tiempo para decidir. Comparan opciones. Observan comportamientos. Analizan propuestas. Y cambian de opinión con mayor facilidad que en décadas anteriores.

Por eso las campañas exitosas son aquellas que mantienen intensidad, disciplina y capacidad de adaptación hasta el último día.

Colombia acaba de enviar un mensaje muy claro a toda América Latina.

Ningún candidato puede confiarse. Ninguna encuesta puede asumirse como definitiva. Ninguna estructura política puede dar por segura una victoria.

La política moderna exige estrategia, comunicación permanente, comprensión de las emociones sociales y capacidad para interpretar correctamente el momento histórico que vive una nación.

La segunda vuelta entre Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda será observada por toda la región.

Pero independientemente de quién resulte ganador, Colombia ya dejó una enseñanza que muchos líderes latinoamericanos deberían estudiar con atención:

En estos tiempos, el voto silencioso puede hablar más fuerte que cualquier encuesta.

Abelardo fue el “candidato emergente”

Una de las razones por las que numerosos analistas han definido a Abelardo de la Espriella como un “candidato emergente” es porque su ascenso político rompió muchos de los patrones tradicionales de la política colombiana. No llegó a la segunda vuelta respaldado por una de las grandes maquinarias históricas del país ni como resultado de décadas ocupando cargos públicos de elección popular.

Por el contrario, construyó buena parte de su crecimiento alrededor de una marca personal desarrollada durante años como abogado, figura pública y protagonista frecuente de los debates nacionales. Su candidatura, impulsada desde movimientos y estructuras políticas que no figuraban entre las más poderosas del sistema tradicional, fue creciendo hasta convertirse en una alternativa real para millones de colombianos que buscaban algo diferente a las opciones habituales.

Sin embargo, más allá de su estrategia comunicacional, de su presencia mediática y de un discurso centrado en temas como la seguridad, el orden institucional y el descontento con la clase política tradicional, existe otro elemento que muchos observadores consideran determinante en su crecimiento: la capacidad de atraer simpatías y respaldos más allá de los límites ideológicos que inicialmente parecían definir su candidatura.

Aunque De la Espriella fue identificado por muchos sectores como una figura de derecha o incluso de ultraderecha, durante la campaña se produjo una percepción pública interesante. Diversos dirigentes, sectores políticos, movimientos regionales y figuras provenientes de espacios que no necesariamente compartían todas sus posiciones ideológicas comenzaron a mostrar cercanía, simpatía o disposición al diálogo con su proyecto político.

Esa situación generó una percepción de amplitud que resultó favorable para su candidatura. En la mente de muchos ciudadanos dejó de ser únicamente el candidato de un sector ideológico específico para convertirse en una figura capaz de sumar apoyos diversos. En política, la percepción suele ser tan importante como la realidad misma.

Cuando los votantes observan que personas de distintas corrientes políticas, sociales o territoriales comienzan a coincidir alrededor de una candidatura, se fortalece la sensación de que existe una opción con posibilidades reales de triunfo. Ese fenómeno suele producir un efecto multiplicador: algunos ciudadanos que inicialmente dudaban terminan acercándose porque perciben que el candidato está creciendo y ampliando su base de apoyo.

Por esa razón, varios analistas sostienen que el fenómeno de Abelardo de la Espriella no puede explicarse únicamente por su liderazgo personal ni por la estrategia de comunicación de su campaña. También debe entenderse como el resultado de una combinación de factores donde influyeron la construcción de una imagen de outsider, la capacidad de conectar con sectores inconformes, el respaldo de movimientos políticos en crecimiento y la percepción de que estaba logrando reunir apoyos que trascendían las fronteras ideológicas tradicionales.

Esa suma de elementos contribuyó a consolidar la imagen de una candidatura emergente que pasó de ser considerada improbable por muchos observadores a convertirse en una de las grandes protagonistas de la contienda presidencial colombiana.

Finalmente, el fenómeno electoral protagonizado por Abelardo de la Espriella en Colombia debe servir de reflexión e inspiración para muchos candidatos emergentes de América Latina. Su ascenso demuestra que, en la política moderna, no siempre gana quien comienza primero ni quien posee la estructura más poderosa.

Cuando existe una estrategia clara, una narrativa diferenciada, disciplina organizativa y capacidad para conectar con las emociones y preocupaciones de la gente, es posible romper pronósticos y superar barreras aparentemente imposibles.

Esa lección también resulta válida para la República Dominicana y para figuras emergentes que están construyendo  proyectos políticos competitivos de cara al futuro, entre ellos Ramfis Domínguez Trujillo y otros líderes que buscan abrirse espacio en un escenario tradicionalmente dominado por las grandes estructuras partidarias. Colombia acaba de recordar que la política sigue siendo el arte de hacer posible lo que muchos consideran improbable.

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