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POR ROSINA ANGLADA
Cuestionémonos con sinceridad: ¿para qué sirven las ferias del libro? ¿Vale la pena invertir tantos millones en un evento, en un país donde necesitamos que los jóvenes lean, piensen y sean críticos?
He asistido a estas ferias desde 1974 y he visto sus cambios. Antes había casetas a pleno sol y bajo la lluvia; también, mucha algarabía, batón ballet, orquestas y montañas de puestos de comida. Pedro Vergés le imprime un carácter más libresco y redujo el presupuesto.
Hoy, con el Paseo de la Lectura y las nuevas autoridades, da gusto recorrer la Feria en comparación con aquellas ediciones. Hemos avanzado. Pero eso no nos exime de seguir preguntándonos si el gasto se justifica.
Recuerdo a un ministro de Educación que gastó una decena de millones en construir una réplica del edificio del Ministerio para apenas diez días. Aquello fue antológico. También lo fueron las comidas de primera y de segunda categoría. Sin embargo, el problema de fondo persiste: las bibliotecas que quedan luchan por sobrevivir y las librerías también. Mientras tanto, el Ministerio no siempre puede apoyar actividades teatrales y culturales en lugares como Jumunucú.
Hace tiempo sostengo que quizá esos millones podrían destinarse a crear casas de cultura en todo el país y a ofrecer cursos para gestores culturales. ¿Qué han aportado las ferias a la formación de lectores y al desarrollo cultural de nuestras comunidades? Que respondan los intelectuales y quienes dirigen la cultura.
A quién beneficia la inversión?
A veces, las ferias parecen servir más al lucimiento personal que al pueblo. A ciertos intelectuales les atraen la parafernalia y el culto a la personalidad. Decirlo puede resultar inaceptable y herir egos, pero la discusión es necesaria. No se trata de negar los avances ni el valor de los libros; se trata de preguntarnos a quién beneficia la inversión y qué otras necesidades estamos dejando sin atender.
También hay que reconocer los esfuerzos valiosos. Felicito a Avelino Stanley por embarcarse en la investigación y compilación de la literatura infantil y juvenil dominicana. Es una osadía importante. Ojalá pueda recuperar su inversión: la posteridad se lo agradecerá.
La Feria ha mejorado, pero aún debemos preguntarnos: ¿está cumpliendo su propósito? Y, sobre todo, ¿podríamos hacer más por la lectura y la cultura con los recursos que hoy destinamos a ella?
JPM
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