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El presidente Luis Abinader estuvo en Nueva York. Se reunió con la gobernadora Kathy Hochul, con el congresista Adriano Espaillat, con la directora de la Autoridad de Puentes, con el cónsul. Hubo fotos, sonrisas, declaraciones sobre el río Yaque y sobre los 40 técnicos dominicanos entrenándose en Oriskany.
Todo muy institucional. Todo muy pulcro. Todo muy útil.
Pero no nos digan que se reunió con la diáspora. Porque no lo hizo.
La diáspora no es un despacho en Albany. La diáspora no es un salón con aire acondicionado donde se habla inglés y se hace un brindis protocolar. La diáspora es otra cosa, y lleva años sin ser escuchada de verdad.
La diáspora son los bodegueros que hoy tienen miedo de abrir a las seis de la mañana porque una camioneta de ICE puede estacionarse frente a su negocio. Son las madres que no llevan a sus hijos a la escuela por temor a una redada. Son los taxistas que manejan doce horas y que tienen que explicar que no son delincuentes, que son trabajadores esenciales de esta ciudad.
¿Estuvieron ellos en esa reunión? No.
¿Estuvo la Asociación de Bodegueros? No.
¿Estuvieron los presidentes de las organizaciones comunitarias de base, las de El Bronx, Washington Heights, Queens, Brooklyn? No.
¿Estuvieron los líderes de las iglesias, los activistas que están dando asesoría legal gratuita en los sótanos para que la gente sepa sus derechos? No.
¿Estuvieron los familiares de los detenidos en las recientes redadas migratorias que la propia gobernadora dijo que le preocupan? Tampoco.

Se reunió el poder con el poder. Y está bien que el poder se reúna. La cooperación en manejo de emergencias es necesaria. El saneamiento del Yaque del Norte es urgente. La capacitación ante huracanes es vital. Nadie discute eso.
Lo que se discute es el relato. El titular fácil: «Abinader se reúne con la diáspora». Es un titular que conforta en Santo Domingo y que anestesia en Nueva York.
Porque la diáspora dominicana en Estados Unidos no necesita otro acto protocolar. Necesita una defensa real y frontal.
Hace menos de dos semanas, la propia gobernadora Hochul reconoció que las acciones migratorias actuales ya no persiguen solo a criminales, sino que están afectando a gente que dirige restaurantes, bodegas y que es parte esencial de la comunidad. Lo dijo ella misma. Es el reconocimiento oficial de que hay una cacería que golpea directamente al dominicano de a pie.
Ante ese contexto, ¿qué esperaría la diáspora de su presidente? No una foto. Esperaría una posición firme. Esperaría que en esa reunión con la gobernadora del estado donde vive más de un millón de dominicanos, el tema número uno, el único tema, fuera la protección de sus ciudadanos.
Esperaría que se anunciara una red de abogados pagada por el Estado dominicano para defender dominicanos detenidos injustamente. Esperaría un fondo de emergencia. Esperaría un protocolo del consulado que no sea solo emitir un pasaporte, sino salir a la calle.
Pero no. La agenda fue otra. La agenda fue la de siempre: la infraestructura, el río, la cooperación técnica. Todo importante, sí, pero todo ajeno al dolor inmediato de la gente.
La diáspora dominicana ha sido reducida por todos los gobiernos a tres funciones: remesa, voto y aplauso cuando llega el presidente. Se le convoca para llenar un teatro, para aplaudir un discurso, para tomarse una foto. Pero no se le convoca para escucharla cuando tiene miedo.
Y tiene miedo hoy. Mucho miedo.
Por eso, cuando nos dicen que Abinader se reunió con la diáspora, hay que responder con honestidad: claro que no.
Se reunió con una parte del entramado político dominico-neoyorquino que ya está integrado, que ya tiene acceso, que ya habla el idioma del poder. No se reunió con la diáspora profunda, con la que está indocumentada, con la que está en el limbo, con la que hoy siente que ni Estados Unidos la quiere ni República Dominicana la defiende.
El voto exterior, que tanto le costó a esta comunidad, no fue una conquista para que un presidente venga a Nueva York y se reúna con funcionarios. Fue una conquista para que la comunidad tuviera voz. Y esa voz hoy está pidiendo auxilio, no protocolo.
Hasta que un presidente dominicano no se siente en un sótano de una iglesia en El Bronx, sin prensa, sin gobernadora al lado, a escuchar a diez bodegueros asustados, a diez madres sin papeles, a diez jóvenes con DACA en vilo, no podrá decir que se reunió con la diáspora.
Mientras tanto, que no nos vendan el cuento.
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