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“Creemos más en la fuerzas de los acuerdos que los acuerdos por la fuerza (…) El verdadero poder no está en dominar a otro, sino dominar nuestros propios apetitos y miedos”- José Mujica.
La diplomacia es el arte de sustituir la guerra por la palabra. Es el instrumento que permite a los Estados resolver tensiones sin recurrir a la fuerza, mediante negociaciones que buscan acuerdos duraderos. En tiempos de crisis, la diplomacia exige oficio, experiencia y visión estratégica.
Durante la Guerra Fría, Henry Kissinger encarnó ese oficio. Como arquitecto de la realpolitik, supo abrir canales de diálogo con China, gestionar la distensión con la Unión Soviética y evitar un enfrentamiento directo entre superpotencias. Su pragmatismo y habilidad negociadora fortalecieron la posición global de Estados Unidos y demostraron que la diplomacia podía ser tan decisiva como los ejércitos.
En el segundo mandato del presidente de EUA, Donald J. Trump, ha formado su gabinete nombrando amigos, empresarios y colaboradores del grupo MAGA; funcionarios que ante la actual crisis política nacional e internacional, han demostrado no tener la capacidad para buscarles una salida al trance que vive la sociedad norteamericana que además, está afectando a los países del hemisferio.
Hoy, Washington enfrenta un escenario muy distinto, pero igualmente delicado: el conflicto con Irán, agravado por los bombardeos conjuntos con Israel y por la crisis política y económica que se ha desatado. La administración Trump ha enviado delegaciones improvisadas, encabezadas por figuras sin experiencia diplomática, incapaces de sostener una negociación seria frente a Persia, país que lleva milenios perfeccionando el arte de negociar. La improvisación se ha convertido en norma, y la falta de oficio pone en riesgo la tregua alcanzada.

Ni el financiero Jared Kushner, ni el empresario inmobiliario Steve Witkoff, ni el vicepresidente J. D. Vance, ni el secretario de Estado Marco Rubio han logrado avances. La actual Secretaría de Estado carece de un plan sólido y de personal capacitado. La experiencia no se improvisa: enviar negociadores sin oficio frente a un adversario curtido es entrar en desventaja. Los iraníes han demostrado que saben resistir y que no se doblegan fácilmente ante la presión externa.
La consecuencia es clara: Washington aparece debilitado, atrapado en un tablero político que no domina. La falta de estrategia y de liderazgo diplomático amenaza con prolongar un conflicto que ya ha desestabilizado la economía global y ha incrementado la tensión en todo el hemisferio. La improvisación no sólo erosiona la credibilidad internacional de Estados Unidos, sino que también expone a sus aliados a riesgos innecesarios.
La lección es contundente. La diplomacia no admite aprendices en medio de una crisis. Se requiere visión, paciencia y capacidad técnica para negociar con adversarios que conocen el terreno. Kissinger entendía que la diplomacia es un ajedrez jugado con paciencia felina, donde cada movimiento debe estar calculado. Hoy, sin un estratega de esa talla, Washington parece un jugador sin piezas frente a un tablero persa que nunca se vacía.
Ha quedado demostrado, que la actual administración, necesita un Henry Kinsinguer, porque no tienen las suficiente experiencia técnica para lidiar crisis como la que actualmente tiene presente Washington, frente a complejo tablero político.
Estados Unidos insiste en enviar emisarios sin experiencia, el costo no será solo político. Podría arrastrar al mundo hacia una espiral de inestabilidad que ningún ejército ni arancel podrá contener. La historia enseña que la improvisación en diplomacia se paga caro: no con victorias, sino con crisis que desbordan fronteras. Washington necesita un Kissinger, o corre el riesgo de perder no solo la partida, sino la credibilidad de su liderazgo global.
jpm-am
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